A las 24 horas de que empezase el
trágico paseo, un helicóptero de la
Gendarmería francesa lograba al fin
alcanzar la posición de los cuatro
excursionistas. Todos habían muerto, de
frío o de agotamiento. Durante esas 24
horas los equipos de salvamento
intentaron desafiar vientos de más de
120 kilómetros por hora, los remolinos
de nieve y los aludes de un manto muy
inestable para prestar ayuda a los
estudiantes. Todo fue en vano.
"Lo peor es que no supieron construirse
un refugio de emergencia, un agujero en
el que esperar que amainasen el viento y
la nieve. En vez de permanecer a varios
grados bajo cero hubieran podido
apiñarse, todos juntos, y crear una
temperatura soportable para esperar la
llegada de ayuda", indica Kim, para
quien es desesperante que el Mont Blanc
se llene, cada verano, de miles de
personas que no comprenden que en la
alta montaña "un cambio de temperatura
brutal puede producirse en un plazo muy
breve de tiempo".
Pierre Foray, profesor en Grenoble de la
estudiante neozelandesa, comenta que "se
trataba de un grupo de gente estupenda.
Muy brillantes y trabajadores. Tengo
encima de la mesa la tesis de Jane
Jarram. Y ella ahora está muerta. ¡Qué
desastre!". Los dramas de los otros no
invitan a la prudencia. Ayer mismo, un
padre y su hijo de 17 años, encontraron
también la muerte paseando en la misma
zona de la cresta de la cadena de
Bionnasay, en este caso porque el suelo,
hecho de hielo y nieve recientes, se
hundió bajo sus pies y les llevó de
golpe unos 800 metros más abajo. Y el
pasado día 12 seis militares suizos
fallecieron en la zona.
Los cuatro estudiantes muertos el pasado
martes estuvieron en contacto con los
equipos de rescate de la Gendarmería
casi hasta el último momento. La muerte
en directo. Una voz que se apaga. Una
vida que se agota al mismo tiempo que
una batería. El frío puede con todo.
Stéphane Boza, capitán, relata el fatal
desenlace: "Nos llamaron pidiendo
auxilio, por primera vez, a las tres de
la tarde. No sabían dónde estaban. Eran
incapaces de darnos referencias
geográficas precisas. No habían leído
las previsiones meteorológicas. Son
enteramente responsables del drama". La
última llamada es de la francesa Clement
Morgane. Delira. Uno de sus compañeros
ya ha muerto. Es de noche. El equipo de
socorro les alcanza poco después de las
tres de la tarde, 24 horas después del
primer SOS.
Mientras las vidas de los cuatro
estudiantes se extinguían, otros cuatro
escaladores, dos checos y dos españoles,
más experimentados, sobrevivían a la
misma tormenta, a pocos kilómetros de
distancia. "Nadie quiere creer que la
montaña exige una prudencia especial,
que es imprevisible", concluye impotente
un portavoz de la Gendarmería.