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Todos los que practicamos el
montañismo nos sentimos alegres de
realizar una de las pocas
actividades deportivas en las que la
competitividad es más con uno mismo
que con los demás. Y es por
esto que siento lástima cada vez que
compruebo que en la élite de esta
práctica deportiva, no es así.
Como en muchas otras ocasiones la providencial intervención
de unos españoles ha hecho posible que otros seres humanos
sigan vivos para contar cómo cuatro alpinistas vascos les
salvaron la vida. Eneko e Iker Pou, junto a Gotxon Arribas y
Javi Baraiazarra, estaban escalando en la Patagonia
argentina con muchas posibilidades de hacer cumbre en el
Fitz Roy (3.405 metros), cuando unos colegas
franceses se precipitaron por la pared de este monte. El
humanismo, o simplemente esa sensación de... ¡Tengo que
hacer algo!, les llevó a renunciar a sus posibilidades de
llevarse el éxito a casa y dedicarse a ayudar a los
accidentados, cambiando la maravillosa absurdez de nuestro
deporte, por la de jugarse la vida propia por la del
desconocido. Esto que no tendría que tener mérito en
nuestros tiempos, dada su obviedad, es todo un gesto de
humanidad, de sana consciencia y valor humanístico, puesto
que como habitualmente sucede, ninguno de los otros
montañeros que estaban por la zona movió un dedo por estos
franceses en apuros.
Nuestros colegas renunciaron a su sueño, pero sin duda
lograron algo mucho más importante y genial, haciendo lo que
todos consideramos que se debía hacer. Pero no debe de ser
considerado de este modo en muchos lugares de la tierra, ya
que no es esta la única ocasión en la que los montañeros de
élite de otros países miran hacia otro lado. Yo me pregunto
si tan diferente es nuestra cultura, pues no puedo entender
este comportamiento. Todos lo compañeros con los que hablo
me indican lo mismo, no lo entienden, en un momento en el
que tanto valor damos a la vida, al ser humano, ¿cómo puede
ocurrir esto?, y más conociendo el deporte del que se trata.
Es lastimoso que tengamos que remarcar algo que sin duda
habría de ser lo normal o habitual, ayudar, ayudar en lo que
podamos y hasta donde nos sea posible, no por propio
interés, ni porque algún día pudiéramos ser nosotros los
accidentados, sino por propia voluntad, por el impulso
intrínseco de protección de la especie, independientemente
de nacionalidades, razas o cualquier otra excusa cobarde que
nos haga mirar hacia otro lado.
Hay una antigua parábola que cuenta como dos monjes budistas
caminan junto a un caudaloso río cuando una mujer se cae sin
saber nadar y pide auxilio desesperadamente. Uno de los dos
monjes sin pensarlo se lanza al agua y rescata a la mujer.
Tras caminar varios kilómetros juntos y en silencio, el
monje que se quedó sin hacer nada, pregunta inquisitivamente
al otro: ¿Cómo pudiste tocar a esa mujer cuando nos tienen
prohibido tan sólo acercarnos ellas?. A esto el otro monje
responde: "Es cierto que la toque, pero yo ya la deje y tú
aun la llevas encima...."
Sólo espero que esto sea aplicable en este caso, ya que por
lo menos haría vislumbrar algo de humanidad en aquellos que
con sus actos nos han mostrado lo contrario.
03/04/06
David Granados Nieto.
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